Pedagogía elemental para policías - Jaume Funes Artiaga
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Pedagogía elemental para policías

Pedagogía elemental para policías

Cuando esta columna se publique habrán pasado semanas desde las primeras contestaciones adolescentes valencianas y de las primeras incitaciones policiales a la batalla. Escribo en medio del conflicto, desconociendo inevitablemente en que habrá acabado todo. Pienso, sin embargo, que entre el a aluvión de comentarios políticos, quizás hace falta una pequeña aproximación desde la pedagogía más elemental de la adolescencia. Un manual de intervención que tendrían que dominar, cuando menos, quien en cualquier lugar manda a las policías.
En la familia o en la escuela sabemos que convivir con los adolescentes y tener conflictos es inevitable. Confrontarse para afirmarse es una conducta inherente al adolescente. Sus maneras de actuar están al servicio de demostrar que existe y que no es como nosotros. Si, además, tiene razón y nuestros recortes vitales son inexplicables, hay que asumir que deberemos gestionar un conflicto intenso. Los profesores saben que una parte de su salario está destinada a que puedan ser la pared del frontón en la que se rebota el adolescente y, normalmente, no se ponen “chulos” ante la bravuconería adolescente. Las policías, salvo que su hombría de uniforme se lo impida, tendrían que entender esta dinámica de confrontación, aceptar que forman parte del juego, gestionar el conflicto sin incrementarlo.
También conocemos que no hay que pelearse por todo, que hay que seleccionar el tipo y el número de conflictos. Bastante incomprensible es nuestra sociedad por un adolescente como para que vamos ensanchando el frente de las tensiones. No queda más remedio que seleccionar. A veces hace falta no mirar o no ver, pero lo que es seguro que no hay que hacer es dedicarse a perseguirlos, demostrar que somos nosotros los que tenemos conflictos con ellos. ¿Pasar frío en silencio o cortar la circulación? Al menos, permitir que puedan demostrarnos su existencia y hacernos ver su parte de razón.
La última regla de oro es reconocer que no vale cualquier respuesta, que, a menudo, una mala respuesta hace que donde teníamos un conflicto acabamos teniendo un problema. Las policías competentes son habilidosas (suponiendo que quién las manda no sea el primero en coger el garrote). Resulta incómodo, pero no puede ser un problema tener adolescentes que todavía contestan, que no llegan rápidamente a la sumisión del consumo, que demuestran de manera crítica nuestra falta de honestidad.

(Publicado en catalán en el suplemento “Criaturas” delperiódico ARA. 03.02.12)

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