EL VICIO DE EDUCAR 3: Educar es personalizar, saber el día a día de cada alumno y que este se sienta tratado, de manera habitual, como sujeto singular - Jaume Funes Artiaga
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EL VICIO DE EDUCAR 3: Educar es personalizar, saber el día a día de cada alumno y que este se sienta tratado, de manera habitual, como sujeto singular

EL VICIO DE EDUCAR 3: Educar es personalizar, saber el día a día de cada alumno y que este se sienta tratado, de manera habitual, como sujeto singular

Cada día cae algún nuevo desastre sobre la escuela y, poco a poco, consiguen agotarnos. Ahora, nos imponen algo tan sencillo como aumentar el número de alumnos por clase haciendo el cuento de la lechera o usando calculadoras que sólo indican como resultado principal y único el número de euros que destinamos a cada ciudadano o ciudadana escolar.
Hacía días que sentía la obligación de dejar alguna nota escrita sobre esa imposición, pero acumulo tanta desazón irritada que suelo aparcar el padecimiento de escribir. Ayer nos dieron las cifras para Catalunya y resulta que ahora han de caber, sin mayores problemas, 10 alumnos más por clase, sean pequeños o mayores, de un barrio u otro, de una familia u otra. Aún así, seguía resistiéndome a escribir. Pero cuando iba a desconectar ordenador y neuronas, desde el diario ARA me suplicaban una pequeña nota para comentar la noticia. Tuve que hacerla y como allí sólo caben 900 caracteres pensé en ampliar el tema aquí, en el espacio virtual.
La reducción del número de alumnos por clase es el resultado de dignificar la educación y el educador. Adecuar las condiciones de trabajo de los profesionales y, especialmente, hacer posible el propio hecho de educar. Las condiciones del aula, los horarios, las horas de dedicación, los salarios, forman parte de un conjunto de variables necesarias pero no suficientes ni imprescindibles para que una escuela funcione. Teniéndolas, no siempre se consigue educar bien. Sin ellas, resulta más difícil hacerlo y, algunas veces, imposible.

Pero, el número de alumnos por clase es una variable crítica. Es como los medicamentos, tiene su dosis mínima, su dosis efectiva y su dosis letal.
Para que la influencia educativa exista hace falta una dosis mínima de maestro (también máxima para que la intromisión excesiva no impida el desarrollo en libertad) sin la cual disminuye críticamente o desaparece el aprendizaje y la educación. Esa dosis, además, es especialmente significativa para quienes tienen poca dosis de otros adultos en su casa.
Esa proporción de dedicación profesional efectiva ya estaba en el límite o superada con las actuales “ratios” (20 en primaria y 25 en secundaria, habitualmente ya por encima). Cuando la escuela entra en la matemática del déficit desaparece uno de sus principales ejes estructuradores: educar es personalizar, saber el día a día de cada alumno y que este se sienta tratado, de manera habitual, como sujeto singular. Cuando se supera un determinado número de alumnos a cargo cualquier  profesor, aunque quiera hacer lo contrario, pasa a sentirse responsable de una lista con sujetos de rasgos imprecisos, que sólo en momentos complicados llegará a conocer algo más.
Es absurdo hablar de reducir el fracaso académico de la escuela o de mejorar el sistema educativo, aplicando lógicas gerenciales i economicistas, según las cuales la cualidad del resultado final simplemente se modula, disminuye o aumenta, asociada a las cantidades invertidas. Ahora sería sólo ligeramente inferior porque ponemos menos recursos. Pero se trata de puntos críticos. Cuando se superan, muchos chicos y chicas se quedan sin las oportunidades educativas que la escuela había de aportar a sus vidas.
La realidad nos dice que una alumna no aprende los quebrados si su maestra no puede descubrir que hoy se siente contenta porque trae una falda nueva que su madre le pudo comprar, por fin, en el mercadillo. La realidad del aula nos indica que podemos poner en marcha todo los programas que queramos para entusiasmar por la lectura, pero, no leerá quién pasa desapercibido y sufre al fondo de clase, sin que el tutor tenga algo de tiempo para observar, escuchar, saber de su vida. No se trata de que la calidad empeore unos pocos grados. Para unos cuantos, buena parte de la educación dejará de exisistir.
Hasta en la sociedad de la comunicación, digital y en red nada se aprende, se interioriza y se incorpora a la propia vida sin la mediación humana que comporta el maestro, la profesora. Todo alumno ha de poder ser mirado, escuchado, estimulado, reconfortado, acompañado, empujado a la autonomía y la libertad. Pedir a nuestros educadores y educadoras que hagan eso requiere que tengan tiempo, neuronas y afectos para hacerlo. Si ahora les ponemos diez infancias más a su cargo muchos (los que se preocupan) se sentirán desbordados, algunos angustiados, otros profesionalmente inútiles y bastantes niños y niñas entraran en la orfandad educativa.
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